Intentando cruzar la frontera más transitada del mundo con Uber

Era domingo y María trabajaba. Dejó de tener un horario normal desde que entró como conductora de Uber en San Diego. Quizá por eso no le dio tanta pereza cambiar el cómodo sofá del salón de su pisito de periferia por su Toyota negro y el bullicio constante del centro. Le constaba que la compañía había abierto en marzo un servicio pionero de cruce de frontera hasta Tijuana, y le entusiasmaba la idea de probarlo para ganarse un dinerillo extra. Al fin y al cabo, con la tarifa estándar en mano, podía sacarse al menos 107$ por un trayecto de apenas 35 minutos.

Cuando se lo propuso a Daniela, clienta que habitualmente iba hasta el paso de peatones de San Ysidro y luego cogía un taxi al cruzar, ésta aceptó emocionada. El precio era elevado para una sola persona, pero salía mucho más económico en comparación al taxi normal o a la pérdida de tiempo que supone esperar a las frecuencias de los autobuses que parten cada día de la ciudad americana (por 20 dólares con Tufesa o 11 con Greyhound).

María sabía cómo se había transformado el paso fronterizo, ese entramado de pasos superiores, cabinas y vallas metálicas de escasos quilómetros de ancho que separan la ciudad de la delincuencia – donde “los crímenes violentos continúan siendo parte del día a día” según el Departamento de Estado- del referente de la tranquilidad y sol y playa americano. Recordaba haber pasado un día sola con el coche y que en el control la saludaran por su nombre sin haber abierto todavía la boca. “Es como un escáner que te hacen –pensaba-. Con rayos X”.

Los atentados del 11-S lo cambiaron todo para el punto más transitado del mundo. En 2015, alrededor de 19.300 personas cruzaron diariamente a pie, 70.000 en coche y 1.200 en autobús, según el Departamento de Transporte de Estados Unidos. La obsesión de Bush por la seguridad interna (recuérdese la frase en 2006 al autorizar la construcción de 700 millas de valla con Méjico: “Estados Unidos no ha tenido el completo control de sus fronteras por décadas, y la inmigración ilegal ha crecido. Tenemos la responsabilidad de hacerlas más seguras”) obligó a innovar no sólo al Estado, sino también al narcotráfico (supertúneles, avionetas o submarinos ) y a las empresas (puentes de conexión con el aeropuerto).

Que, con todo, había sobrevalorado la capacidad de sorteo de Uber María se dio cuenta demasiado tarde. El coche, bien arrimado a la derecha, ya hacía parpadear la luz roja de emergencia. Habían llegado.

– Me están cobrando 27$ -, soltó Daniela al deslizar su dedo por el móvil para pagar al final del trayecto.

En ese preciso instante se creó un silencio sepulcral en el vehículo que María sólo fue capaz de romper segundos después.

– ¡No puede ser!- soltó, revisando una y otra vez la factura nerviosamente- ¡No puede ser!

– Oye, María, tienes que hacer algo – reclamó Daniela con preocupación. Háblales ahorita y diles que corrijan el precio, que está mal.

– Es que yo no puedo preguntar nada a Uber, ni puedo recibir cash, ni propinas-, reflexionó la conductora, agobiada.

La situación se le había escapado tanto de las manos a María que no le quedó otra que aceptar el único billete de cincuenta dólares que la mujer le puso prácticamente en el bolsillo de los vaqueros. Después de darse los móviles y despedirse cariñosamente, apagó los warnings y se volvió a San Diego.


Cuando subimos en ese Toyota meses después con unos colegas, un 19 de agosto, acabábamos de salir de un duelo de fútbol americano entre los locales de San Diego – los Chargers – y los Cardinals de Arizona. Era el típico aburrido partido de mil pausas que sólo se alegra con una buena dosis de cerveza previa en el aparcamiento del estadio. Una auténtica pachanga de borrachuzos haciendo olas entrecortadas, bolsas de snacks correteando por la grada y algún grito ahogado entre el tumulto de los aficionados.

Habíamos quedado con Miguel, un conocido de Mexicali, poco antes de sonar el último silbato y de que la multitud nos atrapara en alguna boca de salida. Miguel había prometido llevarnos y volvernos a salvo del caótico espectáculo de Zona Centro de Tijuana, donde corre la cerveza a mares y a nadie le importa el tiempo. Nuestro plan era sencillo: beber (y bailar). El mismo que el del 50% de bebedores de entre 18-20 años que cruzan la frontera (según un estudio del National Center of Biotechnology Information), ese colectivo con ganas de fiesta castigado por la ley seca americana hasta los 21.

María nos estaba esperando con su Toyota delante de un walmart, a una distancia prudencial del campo que nos evitaría los atascos. Dentro estaba tan oscuro que apenas se le distinguía el rostro, pero su calidez a la hora de hablar era envolvente. Entramos tres, y nos citamos con el resto – que iban en el coche de la hermana de Miguel- en las afueras del paso peatonal de San Ysidro.

– ¿Dónde les llevo chicos?, dijo, arrastrando las palabras con desparpajo.

– Vamos a cruzar la frontera a pie y luego cogeremos otro Uber-, respondimos casi al unísono, con una sonrisa tonta esbozada en los labios.

– Si llaman después a otro Uber, que no traiga esto- dijo señalando la pegatina del logo estampado en el parabrisas del vehículo-. El otro día rompieron con piedras los cristales de uno.

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Interior del Uber de María, de camino a San Ysidro / J.P.

Entonces no teníamos ni idea de la gravedad de la bautizada como “violencia amarilla”. La progresiva implantación del servicio en la ciudad – desde que arrancó en agosto de 2014- se estaba saldando con agresiones, tensión, manifestaciones a dos bandas y peleas. En el mismo punto donde saldríamos nosotros, a la misma hora, un conductor fue agredido y sus dos clientes sacados a rastras de los asientos traseros. “Por eso quizás se hayan echado atrás”, reflexionó María en voz alta, sobre una eventual decaída de valientes conductores en la zona.

– ¿Y cruzar directamente contigo podríamos?- sondeé, desconfiado del panorama en el otro lado.

– Yo no lo vuelvo a hacer, es como que no está funcionando bien…- aclaró María, premonitoria de un servicio, UberPassport, que puso su punto y final este mes de septiembre, enfatizando que la mejor opción a partir de ahora sería volver a pasar andando y coger otro a la salida.

La historia con Daniela estalló en ese momento. María cogió la palabra durante varios minutos. En su rostro lucía la máxima expresividad, reflejada a chispazos en el retrovisor por los faros de los vehículos que transitaban en el sentido contrario de la carretera. A cada cuatro frases, hacía una pausa para suspirar y añadía: “nunca más en la vida”. No sólo había perdido dinero, también tiempo. Al salir de Tijuana, se había quedado estancada en la cola de entrada a Estados Unidos durante cuatro horas y media.

¿Cómo no había podido caer antes? Era domingo por la tarde. La Universidad de California calculó, con datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (US Customs and Border Protection), unos picos de 70 minutos de lunes a viernes (con las 7 de la mañana y las 2 del mediodía como horas punta) y de hasta 100-120 los sábados y domingos. A su queja, Uber le dijo que “lo sentía”, pero que nada podían hacer porque no tenía “activado” el servicio Passport, opción de la que sólo disfrutaron algunos pocos conductores en los seis meses de vida del servicio.


Cuando nos quisimos dar cuenta ya nos habíamos detenido en una amplia rotonda de asfalto, repleta de cámaras en lo alto y colorados carteles de ‘Duty free’ en las verjas de los locales adyacentes. El paso para peatones estaba señalizado en azul marino. Quedaba a escasos metros de dónde nos había dejado María. La rampa llevaba hasta una puerta giratoria de metal, que coronaba un gran letrero en el que se podía leer: “Mexico”. En mayúsculas.

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El flujo de gente aquel día no era excesivo. Los mexicanos pasaban sin mayor problema extendiendo su pasaporte, mientras que los estadounidenses y extranjeros esperábamos en ordenada fila india para ser interrogados brevemente sobre los motivos de nuestro paso. De entre todas, había algunas razones más nobles y otras que menos (que nunca se contaban, a riesgo de ser invitado a dar media vuelta). Desde estudiantes “de vida binacional” – como calificó el decano de la UC Peter Cowhey al constatar que uno de cada cuatro de sus alumnos se consideraba tan americano como mexicano-, hasta compradores de viagra, empastes, medicamentos o viviendas a buen precio. El resto, fiesteros o simples trabajadores.

Para Jorge Armando Marengo, experto en fronteras mexicano, la realidad de los dos lados ha ofrecido a las personas ciertas “facilidades” en base a lo que cada uno busca. Una de las más importantes traducciones de esta “alta codependencia”, – “ocho millones de americanos la tiene de manera directa con Méjico”- ha sido la necesidad de innovar para cooperar mejor, tanto a nivel económico como cultural. Ejemplo de ello era Uber, con su intento de amenizar la pesadez del cruce; la situación de plantas empresariales en uno u otro lado de la frontera, según la facilidad de los permisos o coste de sus recursos materiales y humanos; la comida TEX-MEX y la mezcla entre música norteña y electrónica. “Me atrevo a decir que no podríamos hablar del rock nacional como lo conocemos ahora si el alma rebelde de Tijuana no hubiera alimentado a Javier Batiz y a Carlos Santana”, añade Marengo.

Pero en esa larga calle de salida de la garita migratoria, apenas iluminada por los faros de los taxistas – frenéticos por conseguir nuevos clientes- y el olor de burrito de los puestos callejeros, también constatamos que “lo más duro es la manera en la que una pequeña construcción como una pared, un río o una montaña, incluso una línea imaginaria que divide latitudes soberanas mediante acuerdos, puede diferenciar tanto un lugar de otro”. “Es como un ser viviente que se construye día a día dependiendo de la política regional, su población, lo que ellos entienden como su cultura…”, indica Marengo.

En Vía Internacional, pequeñas lucecitas se extendían hasta el horizonte, marcando la silueta de la tercera ciudad más poblada del país. Sin darnos cuenta íbamos más juntos que de costumbre y nos acordamos de la advertencia de María: “Que alguien se siente delante del Uber para despistar”. Pero incluso antes de poder abrir la boca, varios amarillos se nos habían abalanzado lanzando precios al aire y Miguel había decidido guardar su móvil, repartirnos en dos taxis y partir.

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